PROMETEO
Un antiguo oráculo había sentenciado que Peleo, rey de Yolcos, sería depuesto por su sobrino.
Por ello cuando Jasón, el hijo de su hermano, fue mayor, hizo cuanto pudo por alejarse de él sin necesidad de tener que darle muerte.
Había al fin de loa países habitados, pasado el Helesponto, había una tierra remota y exótica llamada Cólquida. Se la conocía porque en ella se encontraba el vellocino de oro. Era éste la piel dorada de un cordero con el que la diosa Nefele había querido salvar, llevándolos por los aires, a sus hijos Hele y Frixo, cuando la segunda mujer de su esposo, el rey Atamante, quiso darles muerte. Hele cayó al mar, que por ello recibió el nombre de Helesponto; Frixo tuvo más suerte y alcanzó la tierra de Ea, en la Cólquida, donde sacrificó a Zeus el cordero. Su vellón de oro quedó en una selva consagrada al dios de la guerra, Ares, colgado de un árbol y custodiado por un dragón muy poderoso.
La empresa de Jasón era ir a aquella selva y conquistar el vellocino sagrado. Ni que decir tiene que Peleo confiaba en no volver a verlo jamás. No sólo por lo largo y penoso de la travesía, sino porque confiaba en que nadie podría nunca arrebatarle al dragón lo que tan celosamente guardaba sin que el empecinado en la tarea fuese muerto por el monstruo.
Con todo, no era esta la creencia del joven Jasón. Preparaba su expedición como si realmente estuviese seguro de alcanzar la finalidad pretendida. Estaba animoso y lleno de proyectos. Hizo primero que se construyera una nave de gran eslora, de poderosas velas, armada con más de cincuenta remos. La bautizó con el nombre de Argos, que quiere decir Veloz.
La fama de su empresa no tardó en propagarse por toda Grecia. Acudían héroes y nobles señores a unírsele con sus gentes de servicio y algunos guerreros.
Fueron, pues, muchos, a la hora de partir, los argonautas. Entre ellos lo mejor de la Hélade: Orfeo, Cástor y Polux, Polideuces ... La travesía fue pródiga en aconteceres extraordinarios.
Estuvieron detenidos seis años en la isla de Lemos, tierra solamente de mujeres, que eran muy cautivadoras. En Calcedonia, en el Bósforo, vencieron en lucha desigual al gigante Amyco, que despedazaba a los navegantes a su paso. Liberaron más allá al viejo Fineo del asedio de las Harpías, monstruos alados con pecho y rostro de mujer, que llevaban años revoloteando sobre la cabeza de aquel pobre anciano ciego e inválido ensuciándole todo cuanto pretendía comer y ensordeciéndole con sus horribles gritos. Peripecias, aventuras, peligros sin cuento, fueron al final salvados y olvidados cuando llegó a la tierra anhelada.
Jasón comprendió al instante que de manera directa sería prácticamente imposible abordar la monstruo que cuidaba del vellocino de oro. Se hizo recibir en la corte del rey del país, consiguiendo, como pretendía, hacerse grato en ella. Y más todavía a la hija del monarca, Medea, que se enamoró apasionadamente de él.
Durante un tiempo mantuvo ocultos sus proyectos. Luego se casó con Medea y obtuvo de ella, que tenía virtudes mágicas, el secreto de cómo apoderarse del vellocino.
Tuvo previamente que enfrentarse con el dragón.
Medea le había dado un ungüento que le preservaría de las llamas que la bestia vomitaba por sus fauces. También ella le había indicado la manera de dominarle y cómo tenía que clavarle la espada una vez lo tuviese apaciguado. Aún entonces, no podía sencillamente llegarse al vellón y llevarlo consigo. Era preciso que recogiese los dientes del dragón y los guardara; después tenía que uncir de bronce unos bueyes gigantes, arar con ellos la tierra y sembrar en los surcos los dientes del dragón y, hecho esto, debía de esperar a que fuese brotando de casa diente un gigante enorme, pelear con ellos y darles muerte.
Sólo entonces obtuvo el vellocino de oro.
Quedaba luego la urgencia de seguir sin que el pueblo ni el rey se enterases de nada de lo sucedido.
También es estas circunstancias le sirvió de mucho la ayuda de su esposa Medea, que estaba decidida a escapar con su amado Jasón.
Se hicieron a la mar los argonautas.
Los habitantes de la Cólquida no tardaron en descubrir que su repentina y secreta fuga obedecía al robo del vellocino. Armaron naves y salieron en su persecución. El rey iba en el navío de cabeza, rabioso por el pago que había recibido de Jasón tras la hospitalidad concedida y airoso también contra su hija que se había marchado con él.
Medea, en efecto, había traicionado a sus dioses, a su patria y a su padre. Todo por amor, por una pasión irrefrenable seguida con la impetuosidad, vehemencia y arrebato que la caracterizaban. Y había de hacer aún más. Llevaba consigo a su hermano pequeño, y cuando vio que les daban alcance le hizo pedazos y los iba esparciendo por las aguas para que su padre, presa de la desesperación y el dolor, se entretuviera recogiéndolos.
Así pudieron Jasón y Medea seguir su travesía hasta alcanzar Yolcos donde el héroe griego, portador del vellocino, fue proclamado rey de la ciudad tal y como lo había vaticinado el oráculo.
Cuenta la leyenda que cuando Zeus se adueñó del Olimpo, hubo de batirse cruentamente con “los titanes”, descendientes de Titán, en quienes según lo establecido recaían los derechos del cielo, conforme al convenio que Saturno, padre de Zeus, había hecho con su hermano Titán.
Uno de los titanes era Prometeo, al que se consideraba más temerario e inteligente que todos.
La tierra estaba solamente poblada por seres superiores. No había aparecido aún el ser humano, cuando Prometeo lo concibió en su privilegiado intelecto; modeló en barro un cuerpo de estética perfecta y, adueñándose de un poco de fuego del carro del sol, se lo transfirió a su obra maestra dándole vida.
Zeus se quedó obnubilado al conocer al hombre; su asombró fue, más que eso, verdadera estupefacción. Pero, así mismo, quedó muy receloso frente a la genial obra de su enemigo Prometeo. Por eso dio órdenes a Vulcano para que formase una mujer para dársela como esposa al artista, y resultó en verdad de una habilidad sorprendente. La llamaron Pandora.
Y eso porque conjuntaba un gran grupo de bienes: hermosura hasta la saciedad, inteligencia suprema, con la que la revistió Atenea (hija de Zeus), don de la palabra que le concedió Mercurio y dotes musicales con los que la obsequió Apolo.
Zeus fue quién le hizo el regalo más importante. Una caja cerrada, con todos los males que más tarde se iban a cerner sobre la tierra (guerras, plagas, enfermedades, dolor, hambre y toda clase de desastres).
Pandora fue llevada a presencia de Prometeo con todos aquellos presentes. La presencia de la mujer no podía ser más agradable; bella, joven, lozana y revestida de las más excelsas cualidades. Pero Prometeo, sabio e intuitivo en grado supremo, receló al punto del regalo de Zeus decidiendo, pese a todo, continuar sin compañera. Pandora fue presentada entonces a Epimeteo, quien, pese a las reiteradas advertencias de su hermano Prometeo, no pudo negarse a recibirla una vez que vio.
Pandora abrió su trágica caja y de inmediato se extendieron por el mundo todos los males y bajas pasiones de que los humanos siguen siendo víctimas hoy, y que eran desconocidos hasta entonces; solamente la Esperanza quedó sin salir del cofre, de ahí viene el dicho “La Esperanza es lo último que se pierde”.
Prometeo se indignó contra Zeus y para vengar aquella deplorable acción le sacrificó dos toros, iguales en apariencia; pero uno tenía tan sólo piel y huesos, mientras que el otro contenía la carne de ambos. Le pidió que eligiese uno y Zeus tomó el toro hueco. Al darse cuenta de la afrenta a la que Prometeo le había expuesto, le condenó a permanecer en la cima del Cáucaso, mirando al cielo, mientras un buitre le devoraba las entrañas que, para mayor tortura, se le renovaban continuamente. Así estuvo Prometeo soportando los más terribles dolores durante treinta mil años.
Pero Hércules, compadecido de sus angustias, subió a la cumbre del Cáucaso para matar al negro buitre devorador, poniendo así fin al suplicio del célebre titán.

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